sábado, 15 de septiembre de 2007

frutillas

Mamá me había advertido sobre los extraños y yo le hacía caso.

Pero él no era un extraño, por eso cuando me ofreció frutillas subí a su camioneta contenta: me iba a llevar a pasear.

Fuimos al parque. Era una siesta preciosa; él dijo que yo era una nena preciosa. Me ofreció el juego de besarnos: era un juego raro pero no desagradable. Acepté.

Luego reclinó mi asiento y sobre mí su cuerpo pareció triplicar su tamaño. Todo lo que podía ver desde ahí era su macizo cuerpo cubriéndome.

Me asusté cuando el beso se trasladó desde mi boca hacia abajo y se lo dije: ya no quiero jugar este juego.

Acarició mi pelo mientras repetía que jamás me haría daño, que me quería, que no llorara porque eso empañaba mi hermosura.

Qué me importaba la hermosura en ese momento…

Quiero irme a mi casa.

Volvió a besarme y lo rechacé, y rechacé sus caricias y sus frutillas mentirosas.

Comprendió que el juego así no iba a seguir y se detuvo.

-Nena, no te voy a lastimar.

Besó las lágrimas de mis mejillas y dejé de llorar cuando creí que él me llevaría por fin a mi casa.

Entre su cuerpo grande, pesado y macizo y el asiento reclinado yo no podía salir, lo miré pidiéndole que se moviera.

-Nena, no te voy a lastimar.

Su mano acariciaba mi pelo. Él no podía ser malo; me había prometido cuidarme, me había obsequiado frutillas, me llevaría a casa. En casa estaría mamá y todo sería como antes.


Entonces sentí algo quemante que perforó mi cuerpo: un intenso dolor estalló en mi vientre y corrió hasta mi boca que no alcanzó a gritar porque su mano estaba cubriéndome.

Cerré los ojos y dejé que el llanto me desbordara.

-Ya va a pasar, nena.

Y pasó. Fue una pequeña eternidad que pasó en minutos, en esos minutos que su cuerpo entró en el mío y algo se rompió y sangró.

Pasó, y él se levantó por fin y salió de la camioneta y quedé medio desvestida mirando el tapizado del asiento.

-Vestite.

Limpié la sangre de mi entrepierna y acomodé la pollera arremangada sobre mi cuerpo.

No recuerdo más. En algún momento me habrá llevado a casa y yo habré entrado y habré subido rápido las escaleras y atravesado más rápido aún el pasillo para que mamá no me vea, pero no lo recuerdo.

El agujero en mi memoria dolorida llega hasta el momento del baño, cuando en mi desnudez volví a ver la sangre y tiré la bombacha luego de lavarla y lavarla en la ducha hasta que mis nudillos quedaron como frutillas.

Debí quedarme ahí, bajo el agua. Debí ser otra persona. Debí hacer muchas cosas que no hice. Veinte años después, la mujer que escribe esto aún no puede convencer a la niña de que no fue su culpa.

1 comentario:

Graciela dijo...

espero que al decirlo ya vayas liberando esa idea de culpa. No puedo decirte más que deseo que la vida luego haya recompensado tanto dolor.