sábado, 15 de septiembre de 2007

Esta vez no hubo frutillas, el cebo estaba en sus ojos, sus grandes, bellos, luminosos ojos. ¿Cómo desconfiar de ellos cuando decían te amo?

Con él vino la resurrección y el dolor de las frutillas quedó atrás.

Todo comenzó a tener sentido. Sus manos me protegían, su corazón me abrazaba, su alma me comprendía.

Él dijo ser transformado por mi amor, yo me sentí plena.

Cada palabra que dijo, la creí. Lo hice porque era imposible que esos ojos mintieran, porque lo que decía su boca lo confirmaban sus actos.

Hicimos planes para toda la vida: estábamos predestinados a estar juntos, nuestras vidas estaban ligadas.

Esos habrán sido los días más felices, lamento ahora no poder recordarlos.


Sí recuerdo, en cambio, la mayor pena.

Una noche me dijo que me amaba y siempre me amaría pero que debíamos separarnos un tiempo. Lo dijo mirándome a los ojos, con esos sus grandes, bellos, luminosos ojos.

Nunca entendí qué pasó. Dos segundos antes, el mundo era perfecto. Dos segundos después, mi alma estaba sepultada.

Se terminó, logré decirle al fin.

Contestó que no, que sólo eran unos días, que me llamaría.

Y le creí.

Nunca supe qué era eso que tenía que pensar. Nunca volvimos a hablar. Las últimas palabras que oí de su boca fueron no olvides que te amo.


Han pasado once años y aún espero.


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