sábado, 15 de septiembre de 2007

Esta vez no hubo frutillas, el cebo estaba en sus ojos, sus grandes, bellos, luminosos ojos. ¿Cómo desconfiar de ellos cuando decían te amo?

Con él vino la resurrección y el dolor de las frutillas quedó atrás.

Todo comenzó a tener sentido. Sus manos me protegían, su corazón me abrazaba, su alma me comprendía.

Él dijo ser transformado por mi amor, yo me sentí plena.

Cada palabra que dijo, la creí. Lo hice porque era imposible que esos ojos mintieran, porque lo que decía su boca lo confirmaban sus actos.

Hicimos planes para toda la vida: estábamos predestinados a estar juntos, nuestras vidas estaban ligadas.

Esos habrán sido los días más felices, lamento ahora no poder recordarlos.


Sí recuerdo, en cambio, la mayor pena.

Una noche me dijo que me amaba y siempre me amaría pero que debíamos separarnos un tiempo. Lo dijo mirándome a los ojos, con esos sus grandes, bellos, luminosos ojos.

Nunca entendí qué pasó. Dos segundos antes, el mundo era perfecto. Dos segundos después, mi alma estaba sepultada.

Se terminó, logré decirle al fin.

Contestó que no, que sólo eran unos días, que me llamaría.

Y le creí.

Nunca supe qué era eso que tenía que pensar. Nunca volvimos a hablar. Las últimas palabras que oí de su boca fueron no olvides que te amo.


Han pasado once años y aún espero.


frutillas

Mamá me había advertido sobre los extraños y yo le hacía caso.

Pero él no era un extraño, por eso cuando me ofreció frutillas subí a su camioneta contenta: me iba a llevar a pasear.

Fuimos al parque. Era una siesta preciosa; él dijo que yo era una nena preciosa. Me ofreció el juego de besarnos: era un juego raro pero no desagradable. Acepté.

Luego reclinó mi asiento y sobre mí su cuerpo pareció triplicar su tamaño. Todo lo que podía ver desde ahí era su macizo cuerpo cubriéndome.

Me asusté cuando el beso se trasladó desde mi boca hacia abajo y se lo dije: ya no quiero jugar este juego.

Acarició mi pelo mientras repetía que jamás me haría daño, que me quería, que no llorara porque eso empañaba mi hermosura.

Qué me importaba la hermosura en ese momento…

Quiero irme a mi casa.

Volvió a besarme y lo rechacé, y rechacé sus caricias y sus frutillas mentirosas.

Comprendió que el juego así no iba a seguir y se detuvo.

-Nena, no te voy a lastimar.

Besó las lágrimas de mis mejillas y dejé de llorar cuando creí que él me llevaría por fin a mi casa.

Entre su cuerpo grande, pesado y macizo y el asiento reclinado yo no podía salir, lo miré pidiéndole que se moviera.

-Nena, no te voy a lastimar.

Su mano acariciaba mi pelo. Él no podía ser malo; me había prometido cuidarme, me había obsequiado frutillas, me llevaría a casa. En casa estaría mamá y todo sería como antes.


Entonces sentí algo quemante que perforó mi cuerpo: un intenso dolor estalló en mi vientre y corrió hasta mi boca que no alcanzó a gritar porque su mano estaba cubriéndome.

Cerré los ojos y dejé que el llanto me desbordara.

-Ya va a pasar, nena.

Y pasó. Fue una pequeña eternidad que pasó en minutos, en esos minutos que su cuerpo entró en el mío y algo se rompió y sangró.

Pasó, y él se levantó por fin y salió de la camioneta y quedé medio desvestida mirando el tapizado del asiento.

-Vestite.

Limpié la sangre de mi entrepierna y acomodé la pollera arremangada sobre mi cuerpo.

No recuerdo más. En algún momento me habrá llevado a casa y yo habré entrado y habré subido rápido las escaleras y atravesado más rápido aún el pasillo para que mamá no me vea, pero no lo recuerdo.

El agujero en mi memoria dolorida llega hasta el momento del baño, cuando en mi desnudez volví a ver la sangre y tiré la bombacha luego de lavarla y lavarla en la ducha hasta que mis nudillos quedaron como frutillas.

Debí quedarme ahí, bajo el agua. Debí ser otra persona. Debí hacer muchas cosas que no hice. Veinte años después, la mujer que escribe esto aún no puede convencer a la niña de que no fue su culpa.