jueves, 2 de agosto de 2007

despertar de Eros


No olvidaré esa noche en que probamos todos los muebles de la casa.

Él tendría veinte años y su cuerpo virgen era hermoso; como si lo hubiese estado torneado durante toda su vida para ese momento conmigo.

Adoré sus piernas en las que veía horas de fútbol potrero: tenía las pantorrillas más voluptuosas que yo haya besado y los brazos más recios que alguna vez hayan recorrido la órbita de mi cintura o elevado mi cuerpo anhelante.

Su abdomen era rítmico desde el ombligo hasta las clavículas, tal vez tuviera unos cabellos pero yo no los recuerdo. Sólo está en mi memoria el tacto resbaloso de su piel caliente contra la mía, meciéndonos en una melodía íntima una contra el otro, patinando en ese sudor renovado que estimulaba cada centímetro de mi cuerpo.

La noche duró las tres o cuatro veces que hicimos el amor.

Besé cada parte de su cuerpo, las eróticas y las habituales; todas eran un regalo para mi torpe paladar.

Evoco el placer primero de esos descubrimientos y los sabores fuertes que nunca había tenido en mi boca ingenua vuelven a atraparme.

Puedo recordar que yo llevaba una pollera tableada pero a él lo veo y lo veré siempre desnudo, con sus cabellos caracolados agitando mis dedos y sus ojos mediterráneos en irradiación desvergonzada ante la alegría de habernos escapado.

Ese verano ambos vestimos pantalones largos por una semana, hasta que sanaron las raspaduras que la alfombra nos legó en las rodillas.

Sobre todo, siempre agradeceré que en este recuerdo mi cuerpo reluce pletórico entre sus manos embelesadas.

Fui una deidad, un ser perfecto, una vez, esa noche.

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