martes, 24 de abril de 2007

Garbage al mango


Ah!!! hoy me encanta Garbage, me hace acordar de mis años de perra, cuatro noches por semana ir a bailar hasta las 8 de la mañana, volver a casa con el sol alto y el ruedo del pantalón arrastrado, pisoteado, oliendo a cervezas derramadas y sudores secos. Bailar entre amigas, a veces con los pibes, pero generalmente entre nosotras. Éramos tan forras, qué tiempos aquellos, qué inocencia, qué maravilloso desconocimiento de la psique humana, qué poca culpa por decirle imbécil a un tipo cualquiera que venía de levante y cuánta admiración de las amigas por esa osadía.

Éramos otras personas... nos vestíamos de mujer fatal con los tacos más altos y el escote más bajo del mundo, hacía calor y Asunción se prestaba para andar semidesnudas, minifaldas angostas como un pañuelo descartable y mucha piel, hombros, piernas largas piernas depiladas perfectas, piernas entrenadas en todos los bailes, casi malabaristas sobre esos zapatos zancudos.

Otras veces nos vestíamos de muchacho, con musculosas ajustadísimas y ombligo al aire, sobre pantalones muy anchos, poblados de bolsillos, que arrastraban sus ruedos por el suelo y que se sujetaban apenas a la altura del nacimiento del bello púbico,

y en cómodas zapatillas o en ojotas chinas de plataformas llegábamos a pubs de malamuerte con música dura y tipos más duros, donde nos apropiábamos de la música porque conocímos a todos los DJs, y con guiños y bailes sensuales conseguíamos cualquier tema y cualquier bebida que se nos antojara.

La noche obedecía nuestros caprichos, una serie de amigos protectores se agarraban a piñas con quienes nos molestaran, ninguna tenía novio y cada noche elegíamos al hombre que más nos gustaba, para hacerlo calentar en el baile, para toquetearlo en un pasillo húmedo, y dejarlo perpetuamente con las ganas.

La noche se iba en seducir y en bailar, con la música demasiado fuerte para hablar, las veredas también eran nuestras, y para descansar de tanto meneo caminábamos la madrugada entre dos o tres amigas hasta el siguiente pub, podíamos entrar gratis en todas partes así que cada noche era un constante ir y venir por todos los bares y boliches de la ciudad, buscando al pibe que le gustaba a una de nosotras o plantando al pesado que la noche anterior nos había besado y hoy ya no nos interesaba.

Miércoles, jueves, viernes, sábado y entonces terminaba la odisea, el domingo al amanecer íbamos en grupo a dormir a la casa de una, todas con la pintura corrida, el pelo duro y la ropa oliendo a pucho, y así nos tirábamos en una cama, todas en la misma cama, y hablábamos de los pibes, de la música, de la noche, del día siguiente, que tendría videos y pizza toda la tarde o cine al atardecer o pool a la siesta. Nos dormíamos sin darnos cuenta, alguna de puro ebria, alguna de demoledor cansancio acumulado de tantos días de parranda y poco descanso.

En general, todos recuerdan las viejas épocas de la infancia como las más felices; yo recuerdo Garbage, Smushing Pumpkings y Rage Against the Machine al mango, los sillones chorreados de los pubs y el humo de la pista que olía a banana. Recuerdo las inacabables botellas de cerveza sudadas con la etiqueta despegada, la ropa compartida con las amigas y el regreso con el sol ya alto, caminando en unas calles siempre caliente, como si la ciudad nos perteneciera, como si el mundo nos perteneciera, pasando sin temor junto a borrachos que meaban un árbol o pasaban semáforos rojos gritándonos piropos o sandeces. El cuerpo era una máquina, podíamos bailar toda la noche y lavarnos la cara para ir a trabajar sin dormir, teníamos tardes de salsa y merengue y todavía nos alcanzaba la vida para hacer tareas de la facultad y preparar exámenes que aún no entiendo cómo nunca reprobamos.

Garbage al mango, un muy buen domingo se va acabando... escribí un poco, fui al parque y almorcé con mis viejos. Mi casa ahora es mía y de mi marido, y a veces me despierto en medio de la noche con ganas de bailar o de caminar el mundo en altos y precisos tacos.

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